Pensar en un dominical partido de fulbito en un día de campo me conlleva, forzosamente, a pensar en el papel humeante que envuelve al queso de la huatia y a las papas que, aunque las manos se quemen, todos luchan por pelar y probar lo más pronto posible. Recordar un día soleado y con vista al lago solo me deriva, necesariamente, a recordar esas truchas rojas y gigantes que solía comer fritas junto a mi papá y a veces sin encontrar todos los huesos, pues mi prisa podía más que la incomodidad que provenía de mi garganta cuando alguna espina se filtraba por ella. Pensar en tardanzas en el cole equivaldría a recordar el jugo de quinua con manzana que no terminé de tomar o la mazamorra de cal que dejé a medias. En síntesis, pensar en los momentos felices de mi vida, pensar en los buenos momentos, implica, obligadamente, de todas maneras, pensar en los buenos sabores.
Después del boom gastronómico desatado a nivel nacional y cimentado definitivamente al reconocer a Mistura como la segunda mejor feria gastronómica de Latinoamérica y la mejor vitrina para exponer el sabor peruano al mundo, luego de haber olfateado de lejos esa mescolanza de sabores y esa licuación de ingredientes peruanazos, luego de haber escuchado, leído, probado o simplemente imaginado ese evento capitalino en el que políticos, gente de la farándula y personajes públicos degustaron todo lo que pudieron delante de cámaras y, definitivamente, luego de haber creído nuevamente que la región Puno ha quedado rezagada, marginada y dejada de lado; es que hoy, al fin, podemos decir que tenemos nuestro evento propio, nuestra propia vitrina, nuestra propia feria del sabor: El V Festival Gastronómico “Sabores en el Titicaca”.