jueves, 9 de diciembre de 2010

Buen provecho

Pensar en un dominical partido de fulbito en un día de campo me conlleva, forzosamente, a pensar en el papel humeante que envuelve al queso de la huatia y a las papas que, aunque las manos se quemen, todos luchan por pelar y probar lo más pronto posible. Recordar un día soleado y con vista al lago solo me deriva, necesariamente, a recordar esas truchas rojas y gigantes que solía comer fritas junto a mi papá y a veces sin encontrar todos los huesos, pues mi prisa podía más que la incomodidad que provenía de mi garganta cuando alguna espina se filtraba por ella. Pensar en tardanzas en el cole equivaldría a recordar el jugo de quinua con manzana que no terminé de tomar o la mazamorra de cal que dejé a medias. En síntesis, pensar en los momentos felices de mi vida, pensar en los buenos momentos, implica, obligadamente, de todas maneras, pensar en los buenos sabores.

Después del boom gastronómico desatado a nivel nacional y cimentado definitivamente al reconocer a Mistura como la segunda mejor feria gastronómica de Latinoamérica y la mejor vitrina para exponer el sabor peruano al mundo, luego de haber olfateado de lejos esa mescolanza de sabores y esa licuación de ingredientes peruanazos, luego de haber escuchado, leído, probado o simplemente imaginado ese evento capitalino en el que políticos, gente de la farándula y personajes públicos degustaron todo lo que pudieron delante de cámaras y, definitivamente, luego de haber creído nuevamente que la región Puno ha quedado rezagada, marginada y dejada de lado; es que hoy, al fin, podemos decir que tenemos nuestro evento propio, nuestra propia vitrina, nuestra propia feria del sabor: El V Festival Gastronómico “Sabores en el Titicaca”.


Grandiosa oportunidad, pues la comida puneña también es rica, perenne y variopinta, donde productos como la papa, el chuño, la quinua, el maíz y las carnes son la base de un abanico de opciones que no tiene nada que envidiar a otras ofertas regionales, pues platos como el chairo, el fricasé, el thimpo, el lechón al horno, la trucha frita, el caldo de carachi, el pejerrey, el kankacho, el pesque de quinua y el queso frito, solo por mencionar algunos, escoltan y representan a una región riquísima y ancestral, donde es posible perderse en aventuras culinarias y donde pecar de gula es más fácil de lo que uno cree.

Escribir esta columna es, pues, un poco complicado para alguien tan antojadizo como yo, y, peor aún, para alguien tan antojadizo y que por el momento no puede satisfacer ninguna ilusión de frenesí comilón, pues aquí, en Lima, lo mejor que uno encuentra son versiones mediocres de queso verdadero como el de Ayaviri, truchas verdaderas como las del Titicaca y café verdadero como el de la selva puneña. Comida andina verdadera con insumos genuinos como los puneños.

Daría todo por poder asistir al festival, daría todo por ir estos dos únicos días a degustar lo gourmet que puede ser la comida andina, daría todo por aplaudir orgullosísimo al ganador de Cocina Fusión y preguntarle donde trabaja para visitar ocasionalmente a su talento. Sin embargo, yo no podré; ustedes sí: Vayan, apoyen la iniciativa que es excelente, prueben y disfruten de la esencia puneña, se los dejo de tarea, no hay pierde. Háganlo, que lo juro, daría todo por sentir, justo ahora, con pijama y tecleando este artículo, la cremosidad del queso caliente bajo mi lengua y la rugosidad de la papa arenosa empapada en leche y sabor, por probar un queso cauchi buenazo, uno de esos como los que mi mamá hacía cuando pasaba algo feliz en la familia, de esos que eran premio y no costumbre, de esos como los que solo se disfrutan en el terruño regional.

Ya no puedo más, me voy en taxi al restaurante Brisas del Titicaca. Buen provecho.

No hay comentarios:

Publicar un comentario