viernes, 26 de noviembre de 2010

Todos somos unos salvajes

Tenía dos alternativas temáticas para escribir este artículo. La primera, tocar el tema del debate de mañana entre los candidatos a la Presidencia del Gobierno Regional de Puno, del que dependerá el voto de una gran cantidad de electores indecisos y que significará –esperemos- una oportunidad invaluable para el intercambio de ideas y el diálogo político de calidad; y, la segunda, comentar la escandalosa noticia de un cliente ebrio que fue agredido por la dueña del chifa donde comía. Qué tal contraste ¿No?

Y es que, luego de repensarlo sistémicamente una y otra vez, me he decidido por el acontecimiento que sin duda ofrece opción a más análisis y mejor examen; por la noticia que considero la más ilustrativa para hablar de deficiencias en el desarrollo integral de Puno, como región, como cultura y como grupo humano; por el dato que, personalmente, me llamó más la atención: Me he decidido hablar del populoso escándalo de chifería del jirón Moquegua que acaeció el domingo pasado por la noche en la ciudad de Juliaca.


Según algunos testigos; lo que sucedió fue que una discusión, alturada, sí, pero discusión al fin y al cabo, entre Lin Chun La, dueña del chifa, y un alcoholizado comensal acompañado por su menor hija terminó convirtiéndose en una grosera gresca donde terminó involucrándose una turba de 250 personas que imposibilitaba la intervención policial y que saqueaba inmisericorde el local donde se produjo el incidente, sustrayendo todo lo que se podía transportar y dejándolo absolutamente vacío.


Esto es una salvajada. Pueden alegar que esta señora ya cometió abusos con anterioridad, pueden recordarme que la autoridad de la policía no se termina de afianzar, pueden explicarme mil cosas y justificar otras mil más, queridos lectores, pero lo único que no pueden hacer es negar que este acto consensuado de delincuencia urbana, esta sombra mal entendida de fuente ovejuna, esta manera distorsionada de querer encontrar justicia es una desfachatez triste y una brutalidad injustificable. Una pura, original y absoluta salvajada popular.
Comentar un hecho tan triste como este es – a mi opinión- de una urgencia mucho más visceral que la que tiene atender trilladamente un mediocre debate político entre dos frentes vulnerables, con errores y que tienen poco que debatir, básicamente porque ni siquiera le han dado forma a sus planes de gobierno de la manera idónea y, por lo tanto, no pueden exponer nada nítidamente pues no se basan en papeles bien trabajados. Ideas sueltas ya tenemos muchas, gracias.

Sin embargo, me parece mucho más conveniente retratar y tratar de llamar a la reflexión a través del perfil de un ciudadano que, piénsenlo bien, reclama obras al estado siempre que puede pero curiosamente evade impuestos a como dé lugar, que critica todo y no aporta nada, que es capaz de robar un restaurante solamente porque observa que todo el mundo lo está haciendo o que, en todo caso, se queda parado sin hacer nada y viendo cómo sus conciudadanos -esos conciudadanos que luego insultarán a quien sea en los espacios de opinión y que gritarán delincuente al primer político que vean- se comportan como cleptómanos crónicos y animales amorales que no respetan nada y que destruyen todo, ondeando una falsa bandera de justicia popular y sacando a flote toda esa ciudadanía que nunca se han preocupado en asimilar.

Porque yo sé perfectamente que muchos están pensando “pero es que no todos somos así”, y lo sé porque también lo he dicho muchas veces. Pero mientras se generalice al puneño como un salvaje, qué se hace, pues, somos unos salvajes, es la pura verdad, la realidad.
No todos nos hemos empecinado en escribir historias como Vargas Llosa, en practicar tabla como Mulanovich ni en tostar café como Sucaticona. No todos nos hemos especializado en esas actividades ni nos hemos desvivido haciendo el esfuerzo que ellos hicieron para lograr lo que lograron. Pero, curiosamente, sí nos sentimos orgullosísimos y campeones de títulos mundiales que se conquistaron con esfuerzo ajeno, con sangre ajena, con sudor ajeno.
Ahora, de la misma manera, esta popularidad del indio irracional que quema gente viva y este difundido cliché de la ignorancia popular sureña es algo que no todos representamos, pero que, nos guste o no, sí compartimos. Y, más aún, que tenemos que enfrentar. Con la frente en alto y la mano en el pecho. Reconociendo humildemente nuestros errores y dejando de lado esas patrañas populistas y radicales que no son otra cosa más que excusas para hacer lo que nos venga en gana como seres descerebrados. Con la fuerza de nuestra raza y el empuje de nuestra tierra. Con respeto, sinceridad y convicción.


Con nuestro corazón puneño, pues, cumpa.

Jim Pino Alarcón.
Publicado en el diario Los Andes el  26 de Noviembre de 2010.

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