Cuando niño; armado hasta los dientes de botellas llenas de bolitas policromáticas y tres trompos grandes, pesados y asesinos; alternaba periódicas visitas entre mis dos lugares favoritos en el mundo: la piscina natural de Vilquechico y las islas naturales de los Uros. Corretear y jugar en estos lugares sencillamente me desconectaban del tiempo y me enarbolaban de ensueño. Era pues, el lago Titicaca, al permitir que la piscina se abastezca de agua y que las redes de totora soporten el peso de sus campantes creadores, el mediador que hacía posible mi felicidad infantil. Casi como mi hada madrina.
Y hoy mi hada agoniza resignada a saberse abandonada por sus hijos. Languidece. Se envenena. Expira. Pues sus aguas, antaño frescas y transparentes, se han visto infectadas, orinadas y traicionadas por aquellos por quienes ella lo entrega todo. Y no es la responsabilidad exclusiva de la clase política, pues echarles la culpa a ellos es constitucional, pero también cobarde. Los puneños, absolutamente todos, desde el muchachuelo que arroja una bolsa de galletas a la superficie lacustre hasta la señorona que lava la ropa en el río Maravillas e inclusive el minero que labora ilegalmente en la cuenca del Ramis: somos los culpables. Algunos con fieras cuchilladas al corazón, y otros ahorcándole el cuello o sencillamente viéndola morirse sin mover un dedo para evitarlo. Todos, directa o indirecta, disfrutando o sufriendo, homicidas o cómplices del delito, somos responsables de la muerte de mi hada. Del lago más alto, acrisolado y legendario de todos. Del Titicaca, señores.
Y, es verdad, Luis Butrón ha prometido la planta de aguas residuales y la de reciclaje de basura. Es verdad, CONAM trabaja y se está buscando financiamiento extranjero. Es verdad; municipios, alcaldías y presidencia regional ya han prometido aminorar – o hacernos creer que buscan aminorar- esta paupérrima realidad regional. Pero, muy a pesar de haber vivido poco, de promesas yo ya he escuchado mucho. Pues, hoy por hoy, hace falta acelerar conversaciones, conseguir presupuesto o derivarlo de otros proyectos, lanzar una licitación pública y empezar a devolverle a nuestro lago, lo más pronto posible, el esplendor que antes exhibía. Yo entiendo que es complicado, que toma tiempo y que se está trabajando en eso. Yo entiendo que me digan que me calme, está bien, lo que quieran. Pero siento, al igual que muchos, que nunca será suficiente si se trata de salvar una vida, y entonces resulta que no es un puneño el que agoniza, sino el lago del que dependemos todos los puneños. ¿Cómo me calmo, entonces?
Una ciudad limpia es una ciudad que tiene bien organizada sus actividades de consumo y reciclaje, que rebosa de gente conciente y socialmente responsable, que progresa. Y entonces nos damos cuenta que mientras los limeños exigen un metro subterráneo a su flagrante alcaldesa en Puno solamente rogamos para que cuando un turista, que viajó tantísimo para ver la magia del Titicaca, enfoque su cámara a la superficie no termine por abandonar la ciudad por haber vislumbrado, descarados y flotando, desechos que ojalá fueran solo empaques y cajones y no sólidos orgánicos, de los que yo, sin ser foráneo, escapé asqueado en más de una ocasión.
Jim Pino Alarcón, publicado el 5 Noviembre en el diario Los Andes.
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