“Anda, apresúrate, y no te olvides de pedir boletas” me decía mi mamá cuando, lista en mano, me insuflaba de órdenes e indicaciones para saldar las deudas, pedir informes y comprar dólares, provisiones no perecederas y artículos de oficina variados. Ya lo ven, todo un monaguillo mercantil a mis 13 años, movilizando un fajo de billetes que no hubiera podido terminar de gastar en semanas y exhibiendo mis amplios y entreabiertos bolsillos del pantalón de buzo que, tentadoramente, junto a un entonces carísimo celular con cámara, los dejaba ver y arrugarse en su valor descaradamente.
Y es que hoy en día un padre de familia que encargue a su retoño algo parecido solamente puede estar loco o deseando castigarlo, y un chico que camine con el desparpajo con el que otrora yo lo hacía solamente puede estar pidiendo su último deseo antes de que algún avezado forajido le caiga encima y le arrebate - en el mejor de los casos - lo de la luz, el agua, el préstamo, las copias y las mensualidades, o – en el peor - simplemente la vida. Porque Puno puede ser una de las regiones más seguras según el reporte de Juan Carlos Eguren, Congresista de la República, pero eso a mí no me convence demasiado, pues la poquísima delincuencia que se reporta en la ruralidad regional- y que se reporte poca no significa que no haya mucha- desinflama el efecto de la brutal inseguridad citadina a la que los puneños, en general, le tememos y rechazamos categóricamente. La etiqueta de “ciudad segura”, naturalmente, no va. Y si alguien la pregona pues ondea una rotunda, deplorable y atenuante falacia populista y politiquera. ¿Segura, Puno? Por favor, pues.
La policía y el serenazgo no están integrados, los afiches de personas desaparecidas son el pan de cada día, los comentarios acerca de atentados contra la propiedad privada se mezclan con los chismes de fin de semana como si fueran clichés propios de la zona, los robos a mano armada son tan angustiosos como rutinarios, al igual que los latrocinios y asaltos callejeros: Todo forma parte de una maraña muy controversial y muy noticiosa desde el punto de vista mediático, pero lastimosamente ineficiente desde el administrativo. Vivimos en un país donde el promedio de delincuentes ha pasado más de una vez por la cárcel y seguimos metiéndolos una y otra vez como pastores tercos y descerebrados sin preguntarnos el porqué no se reforman. En un país donde se busca castigar y desarmar con ahínco y sin resultados a un delincuente adulto sin percatarnos que en su hogar hay cuatro niños con potenciales tendencias delictivas y con necesidad de un estado que los encamine. En una región sin visión a futuro, con políticos que prometen sacar la maleza a palos cuando en realidad necesitamos destruir las raíces, cambiar de tierra y sembrar nuevas semillas. En Puno, señores.
Javier Ponce Roque, presidente de la comisión de Seguridad Ciudadana y Medio Ambiente de Puno, solicitó más de un millón de soles al Consejo Municipal de la ciudad para implementar a Serenazgo con indumentarias, equipos de comunicación y tres vehículos, lo cual, respetuosamente y esperando equivocarme, me parece una exageración. Más aún si no se considera en ese presupuesto el financiamiento de algún tipo de programa de apoyo a los jóvenes con tendencias criminales.
En algunas ciudades del Perú ya se trabaja el tema de seguridad con las mismas pandillas juveniles y barriadas bravas que antes la atentaban. Y me da un poco de lástima que en Puno todavía se piense en los jóvenes como cosa del futuro. Pues no hay nada más pusilánime, nada más timorato, nada más cobarde que una generación que no se hace responsable de la próxima.
Jim Pino Alarcón, publicado el día jueves 11 de noviembre de 2010 en el diario Los Andes.
No hay comentarios:
Publicar un comentario